lunes, 28 de abril de 2014

Manifiesto sobre mi condición humana de burócrata aburrida



“Faltan 2 horas con 17 minutos!”

Eso es lo que soy hoy en día: una persona que cuenta cuántas horas y minutos faltan para salir al aire libre. Si es de mañana, cuento las horas para la comida, si es la tarde, me muero por irme al sonar las 6 en punto.  

Me he convertido en una burócrata qué está aburrida y llena de pensamientos burócratas. De libertad, de cambio, de mejorar… pero no, eso se queda en la fantasía pues estoy cómoda. Mejor dicho, hasta para el cambio estoy aburrida. 

¿Cómo llegué aquí? ¿En qué momento convertí mi salario en una justificación? ¿Estaré al punto de volverme una conformista? ¿Seré lo que siempre he criticado? ¿Me quedaré en esta silla cuántos años más? ¿Lo que sigue es, acaso, convertirme en un insecto?

Antes, me levantaba feliz pensando que qué increíble era mi trabajo, me tocaba trabajar con gente capaz y competente, abierta, que preguntaba nuestras opiniones, que consideraba nuestros desacuerdos y juntos, los transformábamos en un diálogo productivo, que me impulsaba a ser proactiva y a tener ideas fuera de la caja. Había una emoción especial al darme cuenta que yo estaba enamorada de mi labor. Todo podía verse gris en las demás cosas, en las quejas de los otros, pero yo, yo vivía contenta por mi trabajo, era ideal. Nunca había sentido eso, nunca en México, y eso que sentía burbujas de amor muy a menudo, cuando sentía que se hacía un poco de justicia.

Ahora, en este pésimo bad cover version de algo que ya murió, ya pasé cada una de las etapas del rompimiento, de esto qué es perder el amor, y creo que pronto deberé estar lista para moverme… ¡aunque tengo miedo! Temo que primero me llegue el destino kafkiano, el de la condición humana del burócrata sin vida y sin respiro, sin ambición, sin uno mismo. Otra forma de perderse a sí mismo, el insecto.

Primero, estuve deprimida, triste y muy sensible. Recorría las calles del otoño e inicio del invierno niuyorkino con lágrimas y lamentos como a quien le rompen el corazón. Sentía literal que me habían arrebatado algo muy mío, la oportunidad de crear algo que tuviese un mínimo de impacto, y estaba huérfana de principios. Me dolía saber que lo tuve como nunca antes y que en cuestión de segundos, se había esfumado. Después pasé por el coraje, el enojo y la frustración. Acusé a todos y estuve furiosa, sensible ante las críticas o preguntas, nadie podía meterse con lo que me habían quitado, todos eran culpables, todo el sistema era el mismo. Vino en tercer lugar el vivir con la pérdida y con la nueva etapa, la vida real, ella tan alejada de la realidad local. Ha sido la etapa más dura, la eterna queja, el desconfort, la rebeldía, y el bloqueo. ¿Pero qué hago aquí? Estoy atorada en una caja, no puedo moverme, no puedo salirme, no es tan sencillo. Es el dolor de la frustración.

Luego vino la cruel verdad que es, simplemente uno está de paso e igual esto funciona con o sin ti. No hay impacto, y bueno, total, hay campo para la incompetencia. La incompetencia, la pereza, el vacío, el pretender, todo lo falso de la burocracia, más real que nada, es premiada en el sistema si uno lo sabe navegar. Exactamente, con una bandera de pendejo. Y sí una vez, usted burócrata capaz y preparado se creyó todas las maricadas/pendejadas que hacía y se pensaba un luchador, un innovador, alguien que cambiaría las letanías de la incompetencia, alguien que no sería corrompido; pues la cagó querido burócrata. No, no fue así, aquí todos únicamente peones al servicio de un liderazgo vacío en un mundo completamente al revés de lo que debería ser. El jefe es el pueblo, ¿qué no? No una cabeza… menos una hueca. Lo que pensaba es que uno sigue indicaciones, guías, y reglas, pero el fin último, es el bien colectivo. Aquí, en esta burocracia, uno sigue los deseos y fantasías de una persona y tal como en una monarquía, la maquinaría se aceita y trabaja para dar satisfacción al elegido, a la reina. ¿Los resultados? Valen madre, los principios, ¿qué son esas cosas? ¿Los métodos? Patrañas, las políticas públicas, los programas, las acciones, la congruencia… Una gran risa.
¿Pero saben qué? Todo lo anterior, ya lo entendí y yo no estoy casada con el sistema, ¡pero es que ni aliada debo de estar!

Entonces patrañas porque ése no es el tema aquí, ni el clasismo, ni el marco teórico de este régimen donde estoy envuelta, sino, mi condición actual, la de un insecto con ideas y vida que poco a poco está perdiendo la rebeldía y el enojo y si me dejo, se volverá peligrosamente un ser sin vida, sin alma, obediente, alienado, aturdido por la luz encima de mí y que trabajará cual vil hormiga para atender la cadena de mando encima de mí. Ese insecto que teme por su existencia de aceptar los jugos deliciosos y brillosos del confort y de la comodidad, y a acostumbrarse a esta deliciosa lassitude. Si la empiezo a disfrutar, y entonces transitarla exitosamente, seré un insecto capaz pero muerto por dentro. El aburrimiento es la última etapa antes de ser un burócrata sin emociones de justicia y de deber. Sí, yo creo que existe gente que nació para ser servidores públicos en el más purista de los sentidos, aquéllos que sienten satisfacción de servir a su jefe… perdón, olvidé decir que ése no es aquel que está en el piso más alto de tu edificio, pero el que está abajo y es colectivo, o ¿ya lo olvidaron bola de hijueputas? Yo soy de esos burócratas. ¿O lo era?

Seamos realistas, el aburrimiento hace que mire el reloj y diga, "ok son las 5 puedo empezar a trabajar y enviar mis resultados a las 6 y ya". Me voy y tengo mi vida, total salgo a mirar el Chrysler Building. Y entonces esta es mi etapa actual: noto que me divierto, me río, estoy de buen humor, he construido bromas sobre ésto. He recuperado la sonrisa, ya pasó lo peor, estoy bien. Estoy jovial, más delgada, feliz con el sol, ¡ayyy puedo ser quizás una mariposa!

¿Atienden y entienden la gravedad de la condición? Lo anterior quiere decir que me estoy adaptando, que ya no siento la miseria laboral de la etapa anterior, que ya estoy disfrutando esta vida. Y la verdad, no lo puedo permitir. Este confort tiene que ser para mí una alarma. En efecto, el paso siguiente debe ser totalmente contrario al aburrimiento y su goce, debe ser la acción por el cambio. Tengo un plazo, y tras esas vacaciones, debo salir de aquí.

.....

Si me quedo aquí, pronto votaré por el PRI, si me quedo aquí, empezaré a alaciarme el cabello, ponerme poliéster en trajes combinados, escogeré a una pareja sin pasiones, literal y aburrido, me resignaré a que la clase media se despolitice y deje de presionar al Estado, dejaré de creer en la transparencia, me valdrá madres el destino de aquellas millones de personas a quienes no les ha llegado la justicia…. Haré una vida común y corriente, cual vil insecto feliz bajo el sol. Y yo, aunque soy común y súper corriente, créanme, jamás seré una conformista, y mucho menos una priista, no me puedo dar aún ese lujo… ése, lo dejo para cuando sea una madre en México que haya cedido ante el placer de tener alguien que dependa de mí y me pierda en las delicias de la norma social. Mientras, no dependo aún de esta broma, de esta farsa, de este mundo al revés. 

Primera llamada.