lunes, 28 de abril de 2014

Manifiesto sobre mi condición humana de burócrata aburrida



“Faltan 2 horas con 17 minutos!”

Eso es lo que soy hoy en día: una persona que cuenta cuántas horas y minutos faltan para salir al aire libre. Si es de mañana, cuento las horas para la comida, si es la tarde, me muero por irme al sonar las 6 en punto.  

Me he convertido en una burócrata qué está aburrida y llena de pensamientos burócratas. De libertad, de cambio, de mejorar… pero no, eso se queda en la fantasía pues estoy cómoda. Mejor dicho, hasta para el cambio estoy aburrida. 

¿Cómo llegué aquí? ¿En qué momento convertí mi salario en una justificación? ¿Estaré al punto de volverme una conformista? ¿Seré lo que siempre he criticado? ¿Me quedaré en esta silla cuántos años más? ¿Lo que sigue es, acaso, convertirme en un insecto?

Antes, me levantaba feliz pensando que qué increíble era mi trabajo, me tocaba trabajar con gente capaz y competente, abierta, que preguntaba nuestras opiniones, que consideraba nuestros desacuerdos y juntos, los transformábamos en un diálogo productivo, que me impulsaba a ser proactiva y a tener ideas fuera de la caja. Había una emoción especial al darme cuenta que yo estaba enamorada de mi labor. Todo podía verse gris en las demás cosas, en las quejas de los otros, pero yo, yo vivía contenta por mi trabajo, era ideal. Nunca había sentido eso, nunca en México, y eso que sentía burbujas de amor muy a menudo, cuando sentía que se hacía un poco de justicia.

Ahora, en este pésimo bad cover version de algo que ya murió, ya pasé cada una de las etapas del rompimiento, de esto qué es perder el amor, y creo que pronto deberé estar lista para moverme… ¡aunque tengo miedo! Temo que primero me llegue el destino kafkiano, el de la condición humana del burócrata sin vida y sin respiro, sin ambición, sin uno mismo. Otra forma de perderse a sí mismo, el insecto.

Primero, estuve deprimida, triste y muy sensible. Recorría las calles del otoño e inicio del invierno niuyorkino con lágrimas y lamentos como a quien le rompen el corazón. Sentía literal que me habían arrebatado algo muy mío, la oportunidad de crear algo que tuviese un mínimo de impacto, y estaba huérfana de principios. Me dolía saber que lo tuve como nunca antes y que en cuestión de segundos, se había esfumado. Después pasé por el coraje, el enojo y la frustración. Acusé a todos y estuve furiosa, sensible ante las críticas o preguntas, nadie podía meterse con lo que me habían quitado, todos eran culpables, todo el sistema era el mismo. Vino en tercer lugar el vivir con la pérdida y con la nueva etapa, la vida real, ella tan alejada de la realidad local. Ha sido la etapa más dura, la eterna queja, el desconfort, la rebeldía, y el bloqueo. ¿Pero qué hago aquí? Estoy atorada en una caja, no puedo moverme, no puedo salirme, no es tan sencillo. Es el dolor de la frustración.

Luego vino la cruel verdad que es, simplemente uno está de paso e igual esto funciona con o sin ti. No hay impacto, y bueno, total, hay campo para la incompetencia. La incompetencia, la pereza, el vacío, el pretender, todo lo falso de la burocracia, más real que nada, es premiada en el sistema si uno lo sabe navegar. Exactamente, con una bandera de pendejo. Y sí una vez, usted burócrata capaz y preparado se creyó todas las maricadas/pendejadas que hacía y se pensaba un luchador, un innovador, alguien que cambiaría las letanías de la incompetencia, alguien que no sería corrompido; pues la cagó querido burócrata. No, no fue así, aquí todos únicamente peones al servicio de un liderazgo vacío en un mundo completamente al revés de lo que debería ser. El jefe es el pueblo, ¿qué no? No una cabeza… menos una hueca. Lo que pensaba es que uno sigue indicaciones, guías, y reglas, pero el fin último, es el bien colectivo. Aquí, en esta burocracia, uno sigue los deseos y fantasías de una persona y tal como en una monarquía, la maquinaría se aceita y trabaja para dar satisfacción al elegido, a la reina. ¿Los resultados? Valen madre, los principios, ¿qué son esas cosas? ¿Los métodos? Patrañas, las políticas públicas, los programas, las acciones, la congruencia… Una gran risa.
¿Pero saben qué? Todo lo anterior, ya lo entendí y yo no estoy casada con el sistema, ¡pero es que ni aliada debo de estar!

Entonces patrañas porque ése no es el tema aquí, ni el clasismo, ni el marco teórico de este régimen donde estoy envuelta, sino, mi condición actual, la de un insecto con ideas y vida que poco a poco está perdiendo la rebeldía y el enojo y si me dejo, se volverá peligrosamente un ser sin vida, sin alma, obediente, alienado, aturdido por la luz encima de mí y que trabajará cual vil hormiga para atender la cadena de mando encima de mí. Ese insecto que teme por su existencia de aceptar los jugos deliciosos y brillosos del confort y de la comodidad, y a acostumbrarse a esta deliciosa lassitude. Si la empiezo a disfrutar, y entonces transitarla exitosamente, seré un insecto capaz pero muerto por dentro. El aburrimiento es la última etapa antes de ser un burócrata sin emociones de justicia y de deber. Sí, yo creo que existe gente que nació para ser servidores públicos en el más purista de los sentidos, aquéllos que sienten satisfacción de servir a su jefe… perdón, olvidé decir que ése no es aquel que está en el piso más alto de tu edificio, pero el que está abajo y es colectivo, o ¿ya lo olvidaron bola de hijueputas? Yo soy de esos burócratas. ¿O lo era?

Seamos realistas, el aburrimiento hace que mire el reloj y diga, "ok son las 5 puedo empezar a trabajar y enviar mis resultados a las 6 y ya". Me voy y tengo mi vida, total salgo a mirar el Chrysler Building. Y entonces esta es mi etapa actual: noto que me divierto, me río, estoy de buen humor, he construido bromas sobre ésto. He recuperado la sonrisa, ya pasó lo peor, estoy bien. Estoy jovial, más delgada, feliz con el sol, ¡ayyy puedo ser quizás una mariposa!

¿Atienden y entienden la gravedad de la condición? Lo anterior quiere decir que me estoy adaptando, que ya no siento la miseria laboral de la etapa anterior, que ya estoy disfrutando esta vida. Y la verdad, no lo puedo permitir. Este confort tiene que ser para mí una alarma. En efecto, el paso siguiente debe ser totalmente contrario al aburrimiento y su goce, debe ser la acción por el cambio. Tengo un plazo, y tras esas vacaciones, debo salir de aquí.

.....

Si me quedo aquí, pronto votaré por el PRI, si me quedo aquí, empezaré a alaciarme el cabello, ponerme poliéster en trajes combinados, escogeré a una pareja sin pasiones, literal y aburrido, me resignaré a que la clase media se despolitice y deje de presionar al Estado, dejaré de creer en la transparencia, me valdrá madres el destino de aquellas millones de personas a quienes no les ha llegado la justicia…. Haré una vida común y corriente, cual vil insecto feliz bajo el sol. Y yo, aunque soy común y súper corriente, créanme, jamás seré una conformista, y mucho menos una priista, no me puedo dar aún ese lujo… ése, lo dejo para cuando sea una madre en México que haya cedido ante el placer de tener alguien que dependa de mí y me pierda en las delicias de la norma social. Mientras, no dependo aún de esta broma, de esta farsa, de este mundo al revés. 

Primera llamada. 

miércoles, 6 de noviembre de 2013

¿sin respuesta? siga comiendo chocolate


Esta noche escucho la música fuerte para no pensar en las preguntas que tengo en mi cabeza.
Una época de ésas. Una de esos periodos como muchos aquellos. Es el privilegio del burgués.
Cómo dice una amiga muy querida cada vez que nos encontramos sin respuesta alguna para nuestras interminables preguntas, nuestras quejas, nuestras letanías, el incansable cerebro contradictorio, el corazón imbatible, o ante nuestra interminable insatisfacción del ser: sigue comiendo chocolate.
Acabo de ir a México por unas largas semanas. Volver a NY (mi casa aún) siempre es costoso, pero ha sido un gran viaje, vi contenta a mi gente y ha sido un aprendizaje entender que todos vamos más o menos en lo mismo, encontrando nuestros caminos. Cómo ha tomado tiempo encontrar nuestros caminos, ¿no?


Las batallas siguen y afortunadamente a pesar de la crisis habitual de cada dos años, me siento lista para la siguiente. Como siempre, toca evaluar un poco los últimos tiempos y definitivamente he tenido mis pérdidas y mis ganancias. Notar que puedo tener una relación de adultos como gente complicada pero vital para mi, como mis padres, me hace sentir orgullosa de mi educación (la emocional obvia, la otra ni hablar). No me arrepiento de nada, de ninguna de mis decisiones, incluidas las menos populares entre mis amistades. No me arrepiento de seguir aquí, de rechazar hombres que me amaban, de no tener prioridades económicas, de no sucumbir ante las sonrisas seductoras y macabras de amigas aduladoras, de entrar en espirales de envidia, y tampoco me arrepiento de dominar los fantasmas más sensuales, aquellos de las inseguridades... no me arrepiento de nada aún. No me arrepiento de creer en lo que hago. Veo venir un periodo para quitarme nuevamente una capa de piel, de retos de búsquedas de honestidad ante mi pantalla blanca o mi cuaderno nuevo, de nervios ante un público exigente.

Pero he crecido y he logrado ser un adulto, con muchos miedos y dudas, pero con dignidad y satisfacción. Seguiré comiendo chocolate para el caso, o kale, uno de mis favoritos para el alma. 

sábado, 20 de octubre de 2012

¿No se te ha ocurrido nunca que quizás es que ya tienes todo lo que querías?



Estoy inconforme, insatisfecha, aburrida, aturdida, fastidiada, limitada, desagradada, esperando,… sólo me gusta provocar. Eso que ni qué, no me gusta eso de lo mismo, no me gusta lo normal, no me gusta lo convencional, no me gusta tu queja y tu desidia. Pero adoro quejarme, adoro sentirme satisfecha, estoy conforme, estoy somnolienta. Pero es que por qué ser convencional? Sí justo tengo estándares altos, tengo ambición, tengo colmillo, tengo lente y ojo clínico-cínico, soy simple pero sé medir y calcular la actuación de las personas, soy irónica, soy muy divertida, soy sonriente. Soy perspicaz y babosa. Soy excelente trabajadora, proactiva, aprendo rápido, perfeccionista, me gusta ayudar, pero soy exigente, competente, jefe espléndida, enseño y reconozco las capacidades en los otros, soy generosa soy dura soy prejuiciosa, soy pretenciosa, soy soberbia y poco humilde cuando no tengo por qué serlo. 

Soy extremadamente inteligente. Soy una mujer como pocas. Soy odiosa con los incompetentes, soy justa con los luchadores, soy humilde con mis semejantes soy empática y me duelen las injusticias, me encabronan los abusos, le huyo a la prepotencia, me intento enojar lo mejor posible por razones legítimas. Tengo experiencia. Me gusta cuando hay cosas bien hechas, me gustan los ideales pero me burlo de los soñadores irreales, me uno a las causas perdidas que más le llegan a mis emociones. Me emocionan los buenos discursos, lloro con algunos, me conmueven las protestas valientes, amo los hombres que hablan de migración y trabajan con migrantes, amo las mujeres empoderadas chingonas que no se definen como empoderadas y odio a las seudo feministas. Odio los políticos pero leo sobre ellos el 97% de mis mañanas, odio que me pongan a sonreírle a políticos que entran a mi oficina, odio los hombres sin pasión y los que no pueden hablar de política. Si no hubiera sido servidora pública, quizás estaría protestando, tendría muchas más canas, o estaría muerta en algún lado de Guerrero. O ya hubiera ganado el nobel. Quizás deba tener más huevos y hacerlo. 

Soy intolerante con los lentos, los que sólo se quejan en sus casotas pero no hacen nada por cambiar las cosas, sólo hablen, ni mencionar lo que opino de los faroles, los ilustres, los frutti di mare, los cumbieros intelectuales. Es decir, odio la música que escuchan mis exes, parece que no aprendieron nada, pero los amo completamente a ellos; no hay nadie a quién quiera más que a mis amigos, adoro L’Amitié de Françoise Hardy, dice exactamente lo que opino de mi vida llena de amigos. Tengo un séquito de viejas (mis mejores amigas incluida mi hermana todas en sus varios continentes) que llevo tanto en mi iphone como en mi corazón y un referente obligado en mi acontecer diario. Veo algo y me remito a alguna de ellas, cada una tiene algo que decirme cada día. Mi corazón es el de ellas, y ellas serán todas mis damas de honor. Me gusta mi familia a pesar de todos sus errores. Y amo a mis padres con locura (misma que me heredaron), los prefiero divorciados, adoro a mis hermanos, me parecen increíbles los dos, y divertidos, tiranos y locos como yo. Exactamente así nos hicieron y cada uno de los tres tiene una tiranía, locura y diversión propia, grandes personalidades. 

Me encuentro guapísima, más curvibuena que nunca lo cual ya a esta altura me parece lo constante, resignada con este culo enorme, mejor aprendo a quererlo y trabajarlo, con estas tetas que ¿ya qué le voy a hacer?, feliz con mi cabello larguísimo, contenta con mis ojos grandes, pestañas naturalmente enchinadas, mi nariz bola, mis piernas que caminan rápido por fin; mi excelente gusto para vestir, mi forma de combinar accesorios y mi amor por las cosas pequeñas diminutos aretes, cadenas delgadísimas, anillos simples y sencillos. Me gusta ser una superficial extrema, compro y miro, me pruebo y apruebo. Me sé capaz de satisfacerme sola sexualmente, se estimular mi mente con libros y música o pornografía visual o tan sólo fantasías mentales. Soy sexy a pesar de mis más profundos días grises de tormentos internos, podría ser delgada por supuesto, y sería perfecta. Pero eso implicaría dejar de comer que es lo que más disfruto en la vida, la buena comida; junto a dormir, cagar, tomar café y ay sí, y quizás follar. Me gusta tanto hablar, me encanta discutir y me gusta hacerlo con gente inteligente. 

Hay personas que aún me ponen nerviosa y siento mis cachetes ponerse rojos o siento mis axilas transpirar. Y aún así, me he convertido en una mujer con porte, capaz de portarse a la altura en eventos refinados, y aunque no lo sean, sé cuando ser prudente y discreta, soy inteligente en mi observar y participo sin medio, me presento y rinden frutos mis esfuerzos; soy segura de mi misma y sé lo que valgo. Soy sencilla y simple, educada y canto en francés, pero también soy una ninfa vulgar llena de comentarios rojos y doble sentido, una guarra. Qué importa si también fui educada con cultura y varios idiomas. Puedo, reitero, leer a los nuevos mamadores escritores que triunfan en EUA como volver a mis clásicos franceses, a mis revistas tontas tontas, mirar mis telenovelas en you tube, leer a Roberto Bolaño y eso sí, ya no babear por hombres que citan a San Agustín en latín. No me pidan quitar ni a Juan Ga ni a Emmanuel ni al Recodo de mi ipod, no me pidan no admirar a Pink o a las nuevas musas gringas que hablan de cuán bien se siente estar sola.

Mi favorita de Elton John es Goodbye Yellow Brick Road por hablar de un desamor terriblemente doloroso, y luego para equilibrar el rezago emocional le cambio a I want love del mismo genio y la escucho por lo menos una vez cada semana cuando sueño con amor y romance por los metros o las calles de la ciudad más bella del país, NY.

Entonces se me viene encima la verdad, me gusta andar sola por la vida, me encanta vivir feliz conmigo misma y admirar a diario la ciudad, y cierto, ocupar mi cama enteramente, roncar si se me da la gana, por decir lo menos, pero para dejar de engañarme a mi misma, quiero también enamorarme nuevamente, pasar tiempo con alguien que me ame por todo lo anterior y con un chingo de pasión, alguien –hasta el momento hombre eso sí- a quien no le importe que no piense peinar a mis hijas estrictamente y que las vestiré adorablemente, alguien quien no me quiera cambiar demasiado, a alguien que ame mi locura, que sepa tomar mezcal y me bese con toda su lengua, alguien que ame mi pasión por las causas justas y perdidas, alguien que luche conmigo y quien ame meterse tacos en la boca aún debajo de un puente. Alguien que adopte a mis amigos, que soporte a mis tías, que quiera a mis abuelitos. Alguien que se enfrente a mis amigas, que son mi ejército, alguien que tenga manos grandes. Alguien que me encuentre deliciosa aún con estas carnes, alguien que me ame a pesar de que soy difícil y me han roto el corazón más de diez veces en mi vida. Alguien que hable en español y entienda todas las idioteces y cosas inteligentes que tengo aún por decir. Alguien que se anime a hacer una o dos hijas conmigo, que entienda por qué el nombre Emilia me fascina, que entienda que quizás nunca termine de crecer o madurar, que sepa que nunca me domesticará, que soy un ente emocional y poco serio, y que comparta mi mayor amor que es y será México.

Me da miedo, sin embargo, darme cuenta que cuando estoy en los antros o bares los viernes o sábados, o domingos, bailando y cantando y sintiendo como si fuera esto the time of my life, no sé si me voy a animar a comportarme como adulto y decidir poner un hasta aquí a mi autosaboteaje, a mi celosa vida de soltera, a mi terrible miedo al dominio externo de mis emociones y sentimientos. No sé si logre ahora poder cruzar las murallas que he construido a mi alrededor en los últimos años. No sé si me anime a compartir mis horarios, a conciliar mis miedos, a poner a dormir mis fantasmas, mis tormentos. Porque quiero amor, pero vaya, jamás seré una mujer desesperada, si algo tengo claro, seré sexosa y lo que sea, pero jamás una que se conforme con lo primero que me ofrezcan, de la eterna soltería estoy consciente. Pero soy tierna, y ternura tengo a regalar, y quizás sea momento de darle menos a acción diferida y darselo a alguien. (¿o me compro perro pal caso?)

Cuando deje de ser yo misma, será el final. Cuando me dejen de encabronar las injusticias e incompetencias de los burócratas o funcionarios del Estado será tiempo de ir  a educar a mis mascotas,… no, más bien será cuando me empiece a alaciar el cabello o hacerme chongos perfectos, a poner uñas postizas, a combinar a la perfección mi ropa, cuando deje de ser yo misma. Cuando empiece la dictadura de la perfección, cuando me olvide de mi misma, cuando ya no comparta una visión de pareja con una pareja y domine uno, cuando pierda la sensualidad y la sensibilidad, cuando importe más el dinero que los sueños, cuando deje de reírme cuando vote por el PRI cuando me hagan la vida fácil, cuando me rinda, cuando deje de llorar cuando deje de comer carne, cuando deje de maravillarme con las pequeñas cosas hermosas que te da la vida en un día como cualquiera, como hoy que me regalaron unos eucaliptos que iluminan mi hogar con este olor increíble.

Carta a la siguiente Nilbia, a la de los 33 años. 

domingo, 16 de septiembre de 2012

el reino de Queens


No ha habido persona razonable a mi parecer quien no responda a la pregunta ¿qué es lo que más te gusta de Nueva York? que su diversidad. Pero uno creería conocer qué es la diversidad hasta llegar a Queens, Nueva York, el vecino más notorio de Manhattan.

Queens, un borough o condado más en el estado de Nueva York, es totalmente gigante, impredecible, y me recuerda muchos de los barrios del DF por el número de gente recorriendo sus largas avenidas uno empujando al otro, o corriendo al irsele el autobus, o gritando fuerte por las calles. En Queens, como en el centro de México, hay mucho ruido, bullicio, olores y colores fuertes, humo, voces, risas, en una palabra, hay vida. Demasiada... ahí, también, se atiborran tomando los metros, comiendo en sus puestos de comida callejeros, creando mercados informales. Quizás por ello me siento en confianza en Queens. Creo que en este caso no podría ofender a Queens al compararlo con México, por lo contrario, podría decir que Queens como muchos barrios defeños, corresponde a las zonas más feas en cuanto a estética urbana, mala planeación, pobreza, casas hermosas pero viejas, pero todo cabronamente interesante. Queens es casa de más de 138 idiomas, techo de más de 2 millones de personas de los cuales, y una suerte de nueva Ellis Island que abre sus puertas y suelos a los extraños. Calculan en efecto que el 50% de sus habitantes nacieron en por lo menos 100 distintos países. 100 países diferentes, ¿existen tantos?

Conocer Queens, como lo dije una vez del sucio lado de Brooklyn, es conocer la verdadera identidad de Nueva York y su fascinante cara cambiante con cuerpo de migrante. Me defiendo bien en Queens, igual hablo con gente en español, en spanglish, en inglés, en francés (con cualquier de ex colonias francesas por supuesto) y ya voy aprendiendo más árabe, pero lo que sí aún no se me pega es el hebreo o el punju. Demasiado en Queens, ahí deben olerse al menos 100 distintos de humos de comidas tradicionales, color y formas de ojos, y formas distintas de asimilarse a una sociedad... heterogénea por naturaleza. Creo que me atrevería a decir que si hay algún lugar en Nueva York que recorrer, es Queens.

La comida es en efecto lo que primero me atrajo a Queens allá en mi año de llegada, pero fue la curiosidad por ver esos mundos tan únicos que me ha llevado a perderme en sus calles. El trabajo me ha permitido conocer más lugares que hospeda o esconde a migrantes mexicanos, zonas de Queens muy famosas como Jackson Heights, Corona, Woodside, Flushing y Northern Boulevard y muchos muchos más. Además de ahí antes me había metido gustosa a comer griego en Astoria, irlandés, indio/bangladesh, pakistaní, turco, italiano, café árabe, verduras bizarras chinas, dulces rusos, empanadas polacas, carne coreana en Flushing, bandeja paisa y pollos colombianos pues por supuesto, todo todo lo latinoamericano, mexicano ecuatoriano salvadoreño hondureño está en Queens.

La esperanza está en Queens. La gente llega y viene de Queens, los ojos puestos en Manhattan por las ventanas. Los aviones haciendo cola encima en los cielos para bajar a los aeropuertos más importantes de la ciudad, todo en Queens. Y de Queens a Manhattan, es otro episodio.

Llega un punto, tras Queens Plaza y Queensboro Plaza, en Court Square o Eli St, que Brooklyn y Queens se tocan y se unen en cuatro vías, los metros 7, G, E y M para dirigirse casi todos al destino final, la ciudad. Los metros que van a Manhattan se atiborran como nunca en el trayecto entero y pareciera a veces que ni un arroz parado entraría en los vagones, la gente, desde el más rico hasta al más pobre pelean su espacio, los perfumes vuelan en el aire, el gel o la perla, el tacón o el tenis, los ojos azules, los ojos negros, las pieles, las marcas o los que sólo portan sus manos consigo, todo se confunde. Es imponente.

Sin embargo, yo, hace mucho dejé el E y M por el 7, mi favorito. El metro 7 recorre Queens desde Flushing y el viaje es enorme y cambiante a cada estación. Desde abajo aleatoriamente uno pensaría que es un barrio más, bien podría estar en la zona dominicana en el Bronx o en la rusa abajo en Brighton Beach en Brooklyn, pero no, Queens es un collage de barrios más impresionante que los anteriores. A la gente le fascina este tren porque es abierto y como muchos de los trenes que recorren barrios lejanos de Manhattan, están construido en segundo piso a nivel elevado sobre calles importantes. Así, uno mira afuera y escucha conversaciones habladas por celular, alcanza a oir los ruidos del tren sobre la vieja madera, los aviones arriba, las curvas a paso lento, esto se vuelve una montaña rusa.

Mi viaje por Queens empieza en donde se cruzan los cuatro trenes. Me toca subir Brooklyn y llegar a Queens y partir a Manhattan con la vista en sus edificios. Del G al 7 hay por lo menos seis o siete minutos de trayecto, y es imperdible la cantidad de mexicanos que van llegando del 7 en olas y que caminan hacia el este de la estación hacia el E y M, la zona de mayor turbulencia matutina. Hay ocasiones que cuento el número de "mexicanos" que veo durante mi transferencia del G al 7, y casi llego a la veintena, cada día más.

Pero todos, gringos e inmigrantes, todos todos tomamos la misma vía elevada, hasta llegar a la oscuridad debajo del agua.

El tunel del metro 7 inicia sin embargo antes del río, al entrar en su zona más rica, Long Island City, donde viven los blancos privilegiados quienes rentan hogares frente al más bello paisaje de Manhattan, el landscape del midtown con una perfecta vista al norte y al sur de la ciudad al mismo tiempo. Así, yo como esos blancos ricos, y los millones de otras personas, tenemos una probada de esa vista maravillosa. Miramos por la ventana los edificios más sublimes de la ciudad, y pensamos al dar la curva más peligrosa de ese metro alto, cómo el trayecto de casi de una hora va a llegar a su fin, nos lleva al sueño de todos, la ciudad del primer mundo donde la prisa es el pan de cada día y una vez en la calle, nadie se preocupa por quién camina a su lado, nadie vuelve a notar el color de tus ojos, nadie toca a nadie y sin embargo, seguimos aquí.

Todo termina rápido, y sin duda, lo más inolvidable de Nueva York es que todos somos inmigrantes queriendo cruzar el agua e iniciar el día. Hacerlo desde Queens lo vuelve más interesante pues estás en la cuna de la diferencia. La mayor similitud entre tantos seres distintos es que el final del trayecto, es el inicio para todos. Pero es esa vista, esa breve mirada de la ciudad la que alimenta los espíritus madrugadores o los cansados por la noche lo que impulsa llegar a ese fin, e iniciar lo que finalmente te tiene en esta ciudad. A la diversidad le añadiría entonces la belleza de su silueta que miro a diario, y saber que aún tan hermosa permite que seres tan diferentes caminen a diario sus calles. Una belleza tan clara.

lunes, 20 de agosto de 2012

No entendí... pero sí me entiendo a mi


a las mujeres que saben de transiciones

"¿Cómo estás?" "Bien gracias, saliendo de la transición."

Ese día que mi amiga lo mencionó recordé a Przeworski... claro por su gran libro sobre la transición a la democracia. Casi me pongo roñosa pero me callé y mientras me comía el mejor helado de pistachio pensé que se oye sexy usar como descripción de nuestra actualidad emocional el marco teórico menos sexy de las lecciones de la ciencia política.

Pero recordando viejas palabras mías, me di cuenta que yo he usado muchas otras veces esta expresión "estar en transición" mmm algo así como en movimiento, en cambios, en migraciones, en cambios de piel, en volveres a empezar, en crisis. Estoy transitando... estoy pasando de un algo malo a otro mejor, o viceversa. Muchas de mis amigas, ora que lo recuerdo, están en transición. Están empezando nuevas etapas de sus vidas, románticas, laborales, domésticas, fiscales, internacionales, de todo tipo. Pero la transición no es sólo pasar de soltera a casada, es hasta algo más sicológico (obvio dentro de mi marco teórico filosófico de bazar) es más un asunto mental, emocional, pasional. Y seguramente debe salir de las mentes hurgadoras de los detalles, de las mentes reflexivas, de lo complejo, o esos elementos que tienen lógica entre sí pero que les toma un poco más entender cuál es ésa. De las mujeres que procuran darle sentido a todo... una mujer que se siente en transición puede estarlo sin que ni siquiera haya un cambio específico. Sin embargo, la transición es cuando uno trata de entender qué diablos sucedió, y de adaptarse -simplemente- a las consecuencias de nuestras decisiones. ¿Es eso evolución?

No existe el término creo.

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Uno puede vivir una transición, claramente, por ejemplo, de estudiante a desempleado a empleado. Cambian las condiciones y todo a nuestro alrededor. Uno puede mudarse de país, cargar cuál caracol con toda su casa a cuestas, pasar de hijo en casa a dueño de su hogar, de mexicana segura en su país a extranjero con permiso, de extranjero a residente, en todas se migra de una etapa a la otra. En todas las etapas de la vida se necesita de crisis de enojo de ansiedad. El enojo indica que nos falta algo, la ansiedad nos dice que hay algo en alerta. Entonces toda nuestra vida es una transición tras otra, hay picos de ansiedad y enojo... calma y alteraciones.

Si transitar es lo que nos queda, ¿cuándo termina la transición? Diría Przeworski que cuando se dan las primeras elecciones democráticas con perdedores y ganadores claros. La transición se termina cuando se llega a la estabilidad en la adaptación, cuando se está en paz con las consecuencias de tus decisiones, cuando sabes qué ganaste y qué perdiste y cuando estás satisfecho, cuando esperas lo que sigue sonriente.

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Ahora fantasearé.

Sí, sí, la transición: la nueva condición de la mujer independiente. La adaptación es lo que buscamos, y con ello, estar estables. ¿Cuán fácil es no obstante adaptarse? ¿Cuán falso es esto de la transición? Peor aún, ¿cuán falso es volver a empezar? Y si en realidad no vivimos transiciones, pero suma de presentes, y sólo nos hacemos viejos y complicados y ¿sólo estamos creciendo, madurando, volviéndonos adultos? Es duro sobrevivir con ánimo a las transiciones. Pero soy optimista, la edad nos ayuda a hacerlo con más dignidad si uno así lo quiere. 

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No lo sé. En realidad me hice bolas yo sola. No sé si como mi amiga yo estuve en transición. ¿Me evalúo? Estuve en crisis, buscando detener el movimiento de mi mente en lo seguro de los andamios del tiempo pasado, mis pies para allá, y mis manos y brazos queriendo caminar hacia el futuro. Estaba atrapada en lo seguro y en el futuro y por eso no veía que era tan fácil seguir el presente. Pero creo que ya terminó esta transición. Si transitar implica adaptarse, lo logré, me adapté sin dudas, y me siento tranquila, satisfecha, aliviada con mis decisiones, feliz de mis sacrificios, contenta de mis victorias. 

Estoy en el hoy y en el ahora, me tengo a mi misma, vuelvo a tener mis estándares, cada vez más presentes, trabajo por lo que me llena de pasión el corazón y camino segura. Ahora mejor que nunca sé que eso es el motor de lo que estoy construyendo para mi futuro y mi esencia. Las oportunidades no hay que dejarlas pasar, y cuando llega algo o alguien, hay que sacar lo mejor de ello. Uno sabe cuándo empieza otra etapa de transición, cuando la actual deja de hacer sentido, uno decide cuando virar a otro lado... siempre con humildad y honestidad. 

Lo anterior porque no es fácil verse miserable mientras transitas en el cambio, pero qué fabuloso es sentirse estable y seguro nuevamente. Es una nueva habilidad adquirida, cuando uno deja de adaptarse a los cambios se marchita internamente, porque se negó a sentir, y he ahí el retroceso. 

Es parte de lo mismo... de la educación emocional.



jueves, 31 de mayo de 2012

El emigrante



emigrante 
adj. Que emigra.
com. Persona que por emigración se ha trasladado al país donde reside.


El emigrante siempre piensa en volver, en voltear la vista atrás, en de pronto huir y correr y verse en el camino que recorrió muchas veces en el pasado. Por ello, se cuestiona, se hace promesas internas, cuenta los meses, las canas, los años, las estaciones, los inviernos cuando son de algún país tropical. El emigrante como yo, piensa en volver al país que lo vio crecer porque sólo allí, puede establecerse, sólo ahí podrán crecer sus hijos. 
Los inmigrantes con los que trabajo a diario cuentan otra cosa. Por supuesto, ellos pocas veces se dan el lujo de ser emigrantes con la posibilidad monetaria, legal y social de volver, en voltear la vista atrás, en estar en sus países de origen. Yo que soy una emigrante legal y documentada, cargo conmigo el privilegio de saber que puedo volver cuando quiera. Cuando pasa algo como alguna matanza, una protesta, la esperanza de tener tiempos mejores, cuando suceden cosas que me emocionan hasta las lágrimas la nostalgia se triplica y uno cree que es momento de volver y luchar por la patria. El país se transforma en eso, la patria, la nación, la cuna, el orgullo, la causa perdida más justa y poética. Para mis queridos migrantes también lo es, pero son más realistas que uno por pocas pero concisas razones. No han perdido la memoria sobre lo injusto que fue el país y lo cabrón del sistema discriminatorio el cual simplemente los expulsó por no hacerlos merecedores de sus desiguales oportunidades. A mi no me expulsó nadie, al contrario, me hicieron lugar para tomar vuelo y lanzarme. 
El emigrante como yo quiere buscar algo mejor para si mismo; quiere todo en la vida y quiere al mismo tiempo lo mejor para el trampolín que es su país. El que se quedó atrás.  Quiere comerse al mundo mientras descubre quién es y adónde tiene que ir. Quiere seguir caminando por las vías del primer mundo pero ver mejor a su tercer mundista país (al menos yo quien amo el tema y no me vendido al marketing claro). Los emigrantes privilegiados somos de alguna forma unos doble moralistas egoístas dramáticos. Tengo un pie en la dolce vita, el confort de la vida clase media feliz mexicana y el otro en ese edén inexistente que da la vida de privilegio y lucha que me permitió emigrar. Aunque sé que jamás será lo mismo, sigo diciendo eso, porque aunque jamás igual, mi vida es de sacrificios. De pasar muchos años màs, me volvería en un desarraigado, y en eso coincidiría con los inmigrantes indocumentados. 
¿Qué fuerza ganará entonces? ¿Cuál será mi trampolín en el futuro? ¿México DF o Nueva York? ¿Me adaptaré como verdaderamente no lo he hecho? Me conozco cada vez más pero me cuestiono mucho más. Me quiero mucho más ahora, y aunque veo en mi una de esas etapas que tenía a los 24 años, no le veo los tintes patéticos de ese entonces. Quizás simplemente vuelva y cumpla con mi sueño de vivir en la roma, de tener n plantas en mi cocina, de pegar fotos sobre una pared entera, de instalarme, de comprar una propiedad, de ver qué sigue. Quizás decida que debo emigrar a otro país, de seguir usando los idiomas que hablo incluido el "bull shit". Quizás deba seguir a alguien por amor, quizás deba seguir haciendo lo que hasta ahora que es estar comprometida con mis propios inmigrantes. ¿Cuántos quizasés faltan? ¿Cuántos volveraempezar siguen?


Y sin embargo me gusta saber que estoy saliendo airosa de un volveraempezar tan peludo. Soy una persona privilegiada y le debo mucho a la vida, a mis papás, a esta oportunidad. Soy una mujer empecinada, y me doy cuenta tanto en los deberes diarios como en lo laboral que he crecido y que pocas cosas me dan miedo (me da miedo el mil pies que me está mirando eso sí). 
Mientras uno piensa en el pasado, en el futuro, no hay que olvidar que se vive el presente. Y como dice la canción más más más de moda en la ciudad más increíble de la costa este, esta noche somos jóvenes (aún), así que vivamos, quememos al mundo si es necesario. Menos a México, a ése sí nadie lo toca!

lunes, 19 de marzo de 2012

Milagros


Para Camila

Hace poco regresó a mi un libro que le robé a mi mamá, Mal de amores de Ángeles Mastretta, y que todas mis amigas latinoamericanas leyeron en algún momento en los últimos dos años en NY. Después de tres años, lo volví a leer.

Más allá de la sexy historia de amor entre los fogosos amantes, Emilia y Daniel, lo que más me gusta de ese libro es el personaje de la tía soltera, Milagros.

Milagros no es, eso sí, ninguna mujer venida a menos y degradada como son descritas normalmente las mujeres que decidieron o no pudieron casarse. Ella es una soltera consolidada y orgullosa de serlo. Emilia heredó entonces la fortaleza, tenacidad y pasión de su tía Milagros y con estas virtudes es capaz de luchar por su amor, aún en contra de la pasión de la revolución, único amor capaz de quitarle una y otra vez a su Daniel luchador de la causa perdida.

Milagros es de esas mujeres que reúne los atributos que más admiro en las mujeres que veo como ejemplos, y como pares.

"Milagros tenía también los ojos hundidos y curiosos, sólo que ella no estaba en paz sin las respuestas, le urgía saberlas todas, conocer hasta el ùltimo lugar de mundo. [...] Era por eso que no se había casado con ninguno de los tantos que la desearon. No sabían las respuestas, para qué destinarles el destino?"

Milagros "tenía su libertad como pasión primera y su arrojo como vicio mejor". Al nacer Emilia, Milagros le deseó esta maravilla:

"Niña, yo te deseo la locura, el valor, los anhelos, la impaciencia. Te deseo la fortuna de los amores y el delirio de la soledad."

Yo como Milagros, soy "drástica en mis juicios, y exigente con los ajenos". Y no tanteo y cuando me dicen que no a algo, veo la forma en lograrlo de forma inteligente. Y conozco unas pocas que son así. Cuando camino y tengo el viento en mi contra, prefiero alzar la cabeza y disfrutar de ese privilegio. Esos son los detalles que hacen de nuestra libertad el más grande de los privilegios. Y con la felicidad de estar consciente de todo lo que tengo y por lo que he luchado, también le deseo a las mujeres cercanas a mi, la impaciencia por la vida, no por destinarle su destino a alguien o a algo. Y conozco unas pocas que son así, y que han tenido la fortuna de los amores, pero sobre todo los delirios de la soledad y por eso la tenemos ganada.

Eso, que no se den por vencidas tan fácilmente, que si la soledad, que si la infelicidad, que si no estamos arrasando. Sí, son cosas complejas y nada fáciles de cultivar, pero entonces cultivemos nuestra capacidad para ser felices aunque tengamos que morir en el intento.

Te deseo, como dijo Milagros, "la fe en los augurios, en la voz de los muertos, en la boca de los aventureros, en la paz de los hombres que olvidan su destino, en la fuerza de tus recuerdos y en el futuro como la promesa donde cabe todo lo que aún no sucede."

Qué impresionante es saber que escogiste, que escogimos, la fe en la boca de los aventureros y aunque por eso a veces se vea tan duro y complejo, en el futuro donde ya caminas con la frente bien en alto como bien me lo aclaraste, cabe todo lo que aún no sucede.