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domingo, 9 de agosto de 2009

My sorry eyes

Después de un poco más de cuatro años de vida independiente en un departamento de la calle Tejocotes, estoy casi a punto de irme. Por eso, y porque en mi nuevo contado no necesitaré ni tetera ni fruteros o lindas copas, estoy haciendo una típica venta de garage (al respecto hago notar que soy una pésima vendedora, no tengo entusiasmo, cedo ante todo regateo y cuando quiero verme abusada, todo sale fatal y necesito una chaperona comercial dura y astuta para suplir mi inutilidad).

En fin, aunque este día debió ser de lo más normal, amanecí harto apachurrada, genuinamente triste y en busca de un abrazo. ¿Alguna razón interesante? Ni una, seguro algo de la edad y que me estoy deshaciendo de todas las cosas que formaron mi casa… mi espacio, el lugar donde me siento segura, contenta y donde me gusta refugiarme. El departamento es frío, oscuro, tiene un piso rosa horrible, y cuando llueve, huele demasiado a aguas sucias. De hecho, se inundó dos veces. Cuando me acuesto escucho todos los ruidos del estacionamiento por estar en planta baja y los sábados soy victima de la música de mi vecino fan de Alfa radio. Sin embargo este lugar fue la casa que decoré, que llené de cosas personales, y el hogar que compartí también, donde metí a distintos hombres, donde hicimos tantas fiestas, donde planeamos tantas imprudencias, donde estudié sola y amamos tanto, y la casa que decidí no abandonar después que el ex novio se mudara. Y como ya lo dije una vez, aunque quise irme, elegí volver a querer este lugar aunque estuviera eternamente ligado a una rutina establecida pero perdida. Y volví a ser yo, yo sola en mi hogar y muy feliz. Sin duda, fue la mejor decisión. Aquí está la vista que tengo de mi mesa:

"Rue Champlain, a Group of Huts, 1858-78" Giclee Print

Por eso estoy así, porque ahora debo vender casi todo, regalar otras cosas, guardar discos, libros, ropa, recuerdos, y viejos diarios en cajas y tener la inteligencia suficiente para llevarme este cacho de vida en tan sólo una maleta.