jueves, 24 de febrero de 2011

Pensando

Pasado mañana operan a mi abuelo de un cáncer de próstata. Me preguntó por ahí alguien si soy muy cercana a él. Sí soy cercana, pero bueno no lo veo a diario como tienen el privilegio otros primos. No crecí ni vivo en yautepec, y hace muchos años que no voy tan seguido a visitarlo. Cuando estoy con él tampoco es que hablemos muchísimo. Él es un señor muy fuerte, dijo mi mamá. Eso no quita que lo ame, y que la idea de unir esas palabras en mi primera frase me haga emputarme. Estoy pensando entonces en la vida, y lloro lentamente. Lloro porque me hace falta llorar mucho, porque soy una olla express de sentimientos y de sensaciones. Lloro porque es la mejor hora para llorar, cuando todos duermen, cuando pasó ya todo el día, un día difícil durante el cual sentí coraje, alegría, esperanzas, resignación. Soy una máquina de sentimientos y estoy agotada. No sé si expuse mi drama aquí pero llevo siete meses seguidos aquí y aunque ame este lugar, el frío y la intensidad de volver de un verano complejo en el distrito federal, volver a new york, y no tener el quiebre temporal tan sano de unas vacaciones, me han producido un terrible desgaste y una horrible necesidad de querer salir de aquí e ir ya a mi casa. Al sol de México, y huir del frío.
Lloro porque tengo miedo de mi, de ser lo que soy, una montaña rusa de sentimientos, y ni modo me conozco así soy y así me gusto.
Lloro a la salud de las personas que importan para nosotros en este planeta.
Qué fuerte es sentirse vivo como en estos momentos, sí aquí en la sala sola de mi hogar, no estaré en Libya, pero no tengo pretensiones al decirlo, qué descubrimiento. Lloro porque poco a poco se acerca otra época de transición en mi vida y porque otra vez tiemblo pero me siento contenta saliendo a dar la cara. Lloro porque me hizo llorar el individuo que me sigue gustando.
Den la cara, lloren, muevan sus cuerpos, enojénse por lo injusto, odien si es necesario como Camila, expresen su emputamiento. Sientan, sientan bien, escojan bien sus batallas. Administren bien eso. Todo esto me lo hace pensar mi abuelito que qué bien vividos tiene sus 84 años. Me acuerdo de mi abuela quien murió hace casi cuatro años de diabetes. La enfermedad de los sentimientos, dijo mi sicóloga, mi abuela nunca pudo sentir libremente, no administró todo eso, no se le permitió ni se le enseñó. La abuela era tenaz, era capaz de expresar su furia con los ojos, pero quedarse callada. Juré vengarla, en el sentido romántico y coqueto, y aprender a administrar bien lo que siento. A sentir inteligentemente, a pensar con sentido. Por ello, sigo agradeciendo mis genes y la raíz de la pasión revolucionaria mal peinada, mal dirigida, pésimamente conducida, y fatalmente administrada que me dejó no sólo mi abuela, pero mi madre, todas mis tías de ambas familias, y hasta alguna verdadera revolucionaria sonorense.
Siempre ha sido ese el reto, dirigir propiamente las riendas de los caballos salvajes, así que de ahí parte mi mayor encanto: no lo vuelvo a olvidar.

2 comentarios:

Atzimba dijo...

¡Te adoro, nena!

Anónimo dijo...

Mi querida peluse, no tengo más que decir, que te quiero mucho y te mando un beso y un abrazo, y que cuando decidas volver a México, aquí estaremos muchos esperándote con los brazos abiertos.

Agri